El Sentimiento de Soledad
En la crisis de ansiedad y en la depresión muchas veces aparece con incisiva crueldad el sentimiento de soledad. Una chica me contaba que es como cuando descubres que los Reyes Magos no existen. Como cuando dejas de creer en el amor, tras la primera ruptura dolorosa en una relación que creías inmortal. Te sientes sola, solo, abatido frente a la dureza de un mundo que sigue girando y en el que no te sientes partícipe. Gira sin ti. Tú te sientes solo frente al Universo, con una soledad desoladora y profunda, irremediable.

Es un sentimiento muy personal, y muy variable de unas personas a otras. Me refiero a ese sentimiento de estar solo/sola, aunque se esté rodeado de gente.
Rodeado, acompañado. Cada cual gira sobre sí mismo, en su propio sistema de deseos, ideas, cosas pendientes, dolores de cabeza y demás. Constructos ilusorios de los que nos rodeamos porque creemos que es todo muy necesario. O porque creemos que así seremos más felices. Sistemas de esclavitud. Sistemas de supervivencia.
Casualmente ha caído en mis manos este verano un librito que contiene varios artículos breves de Melanie Klein, la gran psicoanalista inglesa. Ella plantea dos ideas en su artículo: por un lado que una buena madre es la base de todo lo positivo que puede desarrollar el adulto. Y por otro lado, que un superyó demasiado estricto aumenta el sentimiento de soledad.
Pido disculpas por el exceso de “recorte”, y remito al lector interesado a dicho artículo, de rápida lectura: “El sentimiento de soledad y otros ensayos”. Melanie Klein (Ed. Hormé 1990)
En este camino de aprender a conocernos y a vivir mejor –en definitiva, la vida- sabemos que los demás están ahí. A mayor o menor distancia, pero están. Como Ana Frank, que empieza a escribir su diario porque no tiene cerca una buena amiga con quien poder hablar. Y piensa que a nadie más van a interesar esos pensamientos y sentimientos que ella está volcando en sus escritos. No sabe que varios cientos de miles de jóvenes van a seguir leyendo sus reflexiones más íntimas durante cientos de años.
Entonces, ella construye a su propia amiga, y realmente habla con ella. Aunque no puede recibir sus comentarios, no puede ver la expresión de su cara ni oír su voz. Podemos pensar que Ana había recibido mucho amor de su madre, de sus padres. Y sin olvidar la tremenda tristeza, quiero avanzar en este escrito hacia pensamientos de que cada vez estamos más cerca de saber vivir en este planeta sin necesidad de masacrar unos a otros o ser masacrados.
La guerra, el asesinato del otro, sería una forma brutal y primitiva de salir del sentimiento de soledad: si convierto al otro, al diferente, en mi enemigo, ya me siento unido con un montón de gente que son “los míos”. La euforia del sentimiento de grupo, ¡hemos ganado, el equipo colorado! Como no se podía decir rojo en este país…
Para eso sirve el fútbol, desde luego. Para crear comunidad, vínculo. Y es que la fuerza que se siente es incomparable. Quizás en la Semana Santa Sevillana he vuelto a sentir algo así. Esa comunicación inmediata, con una mirada, un pequeño gesto, te hace estar en unión y comunión física y concreta con todo ser humano que te rodea. Si avanzas hacia un lado, te ayudan a pasar, si tienes algo para compartir, todos te lo agradecen, puedes recibir y dar apoyo a personas que nunca en tu vida habías visto ni volverás a ver. El deporte, la religión, ¿la política? y algunos conciertos de música, son por ahora los encargados de producir ese sentimiento. La alegría, la fiesta. La cohesión de la masa.
Hay quizá momentos así en quienes comparten una sala de cine, un poco más en el teatro, pero la compañía es muda, demasiado educada.
El “sentimiento de pertenencia” también lo llaman: eres uno de los nuestros. Eres igual que yo. En ese contexto la soledad ha sido borrada, el sentimiento es de vinculación directa con las personas, de comprensión mutua y mutuo reconocimiento.
Las personas con fobia social o agorafobia no pueden disfrutar ese estado, no dejan de sufrir y para nada se sienten acompañados o protegidos en medio de la multitud. Al contrario, sólo sienten la amenaza potencial de la invasión del territorio, del espacio propio. También sufren de soledad, pero además sufren de un sentimiento de fragilidad, por no haber afirmado su deseo en la vida…pero este es otro tema (para otro artículo).

El miedo a la soledad es el que está detrás de muchas relaciones de pareja catastróficas. De que se mantengan a pesar del sufrimiento y la violencia…
Tanto la depresión como la crisis de ansiedad suelen ser la punta del iceberg, la forma de desencadenarse un conflicto que estaba latente desde hace tiempo.
En todos estos casos, nos preguntamos por la dependencia-independencia de esa persona. Vemos el efecto, la manifestación de lo que le pasa: es incapaz de realizar las tareas cotidianas, se siente imposibilitado de avanzar en su vida. Cualquier esfuerzo le supone, o bien caer en la tristeza y el llanto de la pendiente de la depresión, o bien en la aceleración del latido cardíaco, sudoración, respiración agitada, todos los síntomas tan impactantes de las crisis de ansiedad o pánico.
Inevitablemente nos preguntamos por su relación de pareja, si la tiene. Algo no debe estar funcionando bien. Porque una persona que se siente amada se siente fuerte, alegre, segura y optimista. O bien hay una carencia importante en el área de la realización personal.
Y siempre dirigimos la mirada hacia sus primeras relaciones de amor: la madre, el padre. Porque son el origen, el primer modelo, la primera vivencia de amor, de dependencia, de compañía. Y también de lo contrario: desamor, independencia, soledad. Aunque curiosamente la independencia se asienta en un amor sólido recibido precisamente en la infancia.
Dice Melanie Klein que el bebé espera de la madre algo más que el alimento, también desea amor y comprensión. Y este amor se expresa en el trato de la madre con el bebé, la comunicación de sus miradas, el tacto, el olfato, la voz de la madre que se hace cantarina y suave para dirigirse a ese ser tan pequeño. Ese contacto cotidiano va estableciendo un vínculo inconsciente entre las dos personas. “La sensación resultante de sentirse comprendido y amado por la madre subyace a la primera, y fundamental, relación de la vida: la relación con la madre”.
Pero junto a todas las gratificaciones y placeres, el bebé también recibe frustraciones, molestias, dolores. Aquí podemos preguntarnos si también atribuye su origen a la madre o si lo resuelve como YO-NOYO, es decir, lo que es desagradable y me frustra queda fuera de mi mundo, donde la madre todavía es una parte indiferenciada de mí.
Progresivamente la madre y el padre van imponiendo límites y restricciones al primer mundo paradisiaco de la primera infancia. Y sus voces de advertencia o reproche van a configurar el llamado Superyo.
Es llamativo que precisamente las “enfermedades del alma” que provocan las carencias excesivas en la infancia o los conflictos en este transcurso de vivencias tan cargadas emocionalmente que nos perfilan para toda la vida, es curioso que esas patologías produzcan la consecuencia de una dificultad a la hora de independizarnos de esas personas: la madre, el padre. Como si el fallo de la primera infancia necesitara ser reparado, queda pendiente, muchas veces repetido en relaciones adultas, a la búsqueda de una resolución que trágicamente no se encuentra.
Recojo un párrafo esclarecedor: “Zeus representa una parte importante del superyó: el padre indulgente introyectado y simboliza una fase en la que ya se ha elaborado la posición depresiva. El hecho de detectar y comprender las propias tendencias destructivas dirigidas hacia los padres que amamos, contribuye a desarrollar una mayor tolerancia para con uno mismo y los defectos ajenos, una mejor capacidad de discernir, y en general, una mayor sabiduría.” (Algunas reflexiones sobre La Orestíada. P.114 op.cit.)
Sentir amor y también deseos de destrucción hacia la misma persona es quizás el sentimiento que más conflicto y sufrimiento puede provocar en un alma humana. En la adolescencia esta ambivalencia se manifiesta con furor, en oleadas contradictorias. También entonces es acuciante por momentos el sentimiento de soledad. Y la búsqueda de los semejantes. El superyó es persecutorio con sus exigencias de éxito y obediencia. ¿Qué te han inculcado, la renuncia a tus deseos o la lucha por ellos?
Desprendido del primer amor soñado de la madre absoluta, caes por un hilo en la depresión y en la culpa, y te agobian la oscuridad y la soledad profunda del alma.
Es verdad que su abrazo te ha dado la fuerza para afrontar todos los peligros.

Sara Blasco
15 de Septiembre 2014

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