El mutismo selectivo es un síntoma en la infancia de algunos niños y niñas.
Es poco frecuente, por lo cual la cantidad de casos que puede ver un profesional a lo largo de su carrera, es muy limitada. Cada caso es diferente, además, y debemos recordarlo a cada paso. Para no generalizar antes de tiempo, para no dar por sentado conclusiones que no hemos corroborado en ese caso, en detalle, con certeza. Sin embargo la certeza es quizá lo que más cuestiona el mutismo selectivo, la certeza de cuál es el origen, cuál es el tratamiento adecuado, qué nos dice el paciente con ese síntoma. He hablado con varias profesionales, que me han comentado los escasos resultados que se consiguen… En cambio, en un caso de mutismo (tratado por una colega de orientación sistémica), se resolvió en cuanto se puso de manifiesto que se trataba efectivamente de abuso sexual por parte del padre, y se pudo trabajar para que la niña no se sintiera culpable de lo sucedido. La resolución fue rápida.

¿Entonces? el desafío sigue ahí, interpela con fuerza a los profesionales que alguna vez hemos tenido algún caso de mutismo selectivo.
Explico qué entiendo por tal:

Mutismo selectivo es un síntoma que consiste en que un niño o niña deja de hablar fuera de su ámbito familiar.

Es decir, por ejemplo, puede tratarse de una niña sociable, activa, inquieta incluso. A la edad de cuatro años, más o menos. Al comienzo de curso, en el mismo colegio, con la misma profesora, la niña cada vez habla menos, no contesta a la maestra en clase, se comunica sólo por gestos, y va reduciendo el número de amiguitas y amiguitos hasta quedarse con dos, uno. Y al cabo de unos meses, ninguno. No habla en absoluto fuera de su casa.

En cambio en el ámbito familiar la niña se comunica con soltura, habla, saluda, contesta preguntas, pide cosas, dice sí y dice no.

Estas funciones están conservadas en su mutismo, es decir: las funciones lógicas del lenguaje están presentes en sus gestos, y ella logra comunicar sobre todo a la maestra, qué actividades quiere hacer. Por lo demás, se conforma con lo que le dicen.

Queda excluida de muchos juegos, los demás niños de algún modo la marginan, en el patio se la ve saltando sola aquí y allá. No es que la marginen con mala intención, sino que ella misma está un tanto “ausente”, su boca permanece cerrada. Su expresión no es triste ni alegre, está simplemente ahí, salta, corre, en algún momento interactúa con otros, que le piden que haga algo: “coge eso”, “vamos a hacer un río”, y ella coge la palita, sonríe, participa por un rato, pero sin decir ni pío.

Resulta aterrador. Durante todo el día, la niña está en el colegio sin despegar los labios, ni por equivocación.

Qué nos dice con su silencio

Se trata de una decisión. Así aparece al observador: la niña ha decidido no hablar.
También se trata de angustia. Hay una angustia tan poderosa que le impide hablar.
Por lo tanto es una decisión relativa, no es una decisión tomada libremente.
Sin embargo la distinción es clara: con la familia sí habla, con el resto no.
Aquí es donde entra en juego el segundo “supuesto”, ya que no es fácil obtener ninguna prueba al respecto: ha existido “algo” que le ha ocurrido a la niña, que le han hecho a ella o que ha presenciado, como para que un adulto le haya dicho: no hables.

No hables de esto, no se lo cuentes a nadie. Si lo cuentas…. Qué puede pasar. La niña ya ha cumplido cinco, seis años. La situación sigue igual. Apenas puede hablar con alguna niña en presencia de la madre, en un parque. Cuando hay un familiar cerca, ella sí se permite hablar.
Pero el resto del tiempo, silencio.

Qué tratamiento es posible

Mi orientación es psicodinámica. El tratamiento con los niños siempre implica crear un espacio donde el niño pueda expresarse. Precisamente, mi especialidad es el silencio, podríamos decir.

Sin embargo, cuando es el paciente el que calla, cómo hacerlo hablar. Los niños hablan de muchas maneras: con dibujos, con juegos. Winnicott, el famoso pediatra y psicoanalista de niños, habla del “espacio transicional”, donde el niño despliega su “interior”, su subjetividad, lo que le pasa, lo saca afuera, en un juego, en un dibujo, y al “ponerlo fuera” se cura, lo elabora, se distancia de ello, lo transforma y así puede salir de ese conflicto que le aprisiona.

La niña puede aceptar, después de intentar rechazar el tratamiento con todas sus fuerzas –sobre todo el día que era el padre quien la acompañaba-, puede aceptar “estar” en la consulta de la psicóloga, pero sólo si está su madre presente.

Ella habla, grita, salta, baila y juega, con su madre. Desordena, tira, se tira ella desde encima de los sillones, del diván. Parece ponerse en peligro y la madre ni se inmuta. Dice que siempre es así.
Durante muchos meses la escena se repite: ella habla al ventilador, a un teléfono de juguete, a la madre, pero a mí apenas me escucha cuando se me ocurre decir algo.

“Ya es bastante que te permita estar ahí”, me dicen. “Ella te permite escucharla, no habla contigo pero habla delante de ti. Eso ya es un privilegio, una concesión, una conquista”.

Cualquier interpretación es “rebotada” inmediatamente. (Remito también a Winnicott y su sutil descripción de lo que debe ser una psicoterapia de un niño. Si pretendemos “apresarlo” o “aleccionarlo”, se evadirá de la escena, no se producirá un verdadero contacto: “Realidad Y Juego” Ed. Gedisa).

Ella juega a ser un perrito, ladra y juega como si realmente se tratara de un cachorrito animal. Le digo que ella quiere llamar la atención de su madre, pero lo hace a costa de convertirse en un animalito.
Busco información que es escasísima (Artículo de Valner y Nemirov). Leo el libro de Olivares y colaboradores (“Tratamiento psicológico del mutismo selectivo” Ed.Pirámide). El libro resulta de un optimismo excesivo y poco creíble. No cuestiono que en ciertos casos hayan funcionado los tratamientos propuestos. Cuestiono que sean fácilmente generalizables y tan “exitosos”. El abuso sexual aparece en algún caso de este libro como una etiología posible, aunque en ningún caso se trabaja con ello, ni se toman medidas.

El elemento rescatable, (bajo mi punto de vista, basado en mi limitada experiencia), es que lo que sí puede funcionar es el entusiasmo del adulto. El entusiasmo, la imaginación, el hacer algo que enlace al niño en el deseo de otros de que hable. En eso sí creo. Tanto es así, que hicimos un intento de “modelado”, con una filmación de la niña hablando en su casa y la proyectaron en el colegio a un grupo de compañeros elegidos por ella, en fin, todo parecía prometedor, pero no surtió efecto.

Anteriormente me había trasladado un día al colegio para verla “in situ”. Aparte de la impresión inicial al ver que la niña efectivamente no articulaba una sola palabra, y de reflexionar sobre el esfuerzo que podía significar para ella esa no-acción y el sufrimiento que implicaba, observé algo que sólo después tendría sentido para mí.

Ella hizo un juego, y al terminar, me “pagó”. Es decir: ese juego era un mensaje para mí. Yo debía “cobrar” mi trabajo, porque allí había algo que era mi trabajo entender.

Cuál fue el juego: En una esquina de la clase llamada “la casa”, ella juega con otros niños y niñas. Se trata de una serie de juguetes que representan una casa en miniatura: una cocina, telas, cacharritos de cocina, billetes del Monopoli, muñecos, etc.

Ella se tumba, en un momento dado, y se queda así, boca arriba, muy quieta. Otro niño está con ella, y parece que la toca por encima, están como jugando a los médicos, pienso.
Como digo, la niña permanece así un buen rato, el juego dura unos cuantos minutos. Ella inmóvil, muy estirada sobre el suelo, y el niño como manipulando algo por encima de su cuerpo.
En ese momento yo veo que se me hace tarde, y empiezo a despedirme, de la maestra, de otros niños. Me vuelvo a despedirme de su grupo, en general, y compruebo que ella está ahora de pié, y me tiende unos billetes del Monopoli. Casi me parece un chiste, pero cojo el “dinero” y le doy las gracias. Compruebo, estupefacta, que es la cifra exacta de lo que cobro en la consulta.

Qué es lo que la niña de seis años quiso decirme.

Allí no estaba su familia, curiosamente. Y fue la única vez que ella realmente me habló. Sin despegar los labios, pero claramente emitió un mensaje que iba dirigido a mí.

Otro dato: ella tuvo un hermano. Coincidió con la aparición de su mutismo. Un argumento utilizado, por mí misma incluso, es que eran “celos” de este nuevo hermano. De alguna forma se podría entender: ella hace una “regresión”, se vuelve bebé, para competir con el hermanito recién llegado. Incluso Olivares utiliza un argumento semejante en algún caso. Solo que hay una cuestión incongruente: entonces no hablaría en la casa, con su familia. Para competir con el hermano recién llegado, mediante una regresión, no hablaría con sus propios padres, pero en cambio sí hablaría fuera.

Y esto es al revés: habla con sus padres, con su hermano, con sus abuelos, habla incluso en exceso, parlotea, chilla, ríe, no para de hablar.

Una vez, me tiró varios lápices. Era una agresión hacia mí. Ella tenía razón, yo no entendía, y no conseguía ayudarla.

Cómo intervenir en un caso de sospecha de abuso sexual

Ni siquiera hoy, cuando han transcurrido varios años, me atrevo a afirmar que aquél caso fuera claramente de abuso sexual. La sospecha me acompaña siempre. Pero de cualquier manera, para otros casos, para otros profesionales que se vean ante situaciones parecidas: cómo podemos actuar.
Preguntas que se pueden dirigir a la niña:
“¿Alguien te ha hecho algo y después te ha dicho que no lo digas a nadie?”
“¿Alguien a quien tú quieres mucho te ha dicho que no cuentes eso…?”
“¿Tienes miedo de que si tú hablas le va a pasar algo a esa persona?”
“¿Has dejado de hablar porque tienes miedo de contar algo que te ha pasado…?”

En los casos en que el abusador es un familiar directo la situación es especialmente difícil de abordar.
El miedo a que la familia se destruya puede ser un móvil de enorme angustia para la menor. ¿Debemos asegurarle que ayudaremos a la familia a seguir unida?

Esto no es fácil, pero siempre podemos intentar que la persona que ha abusado de la menor mantenga cierto contacto con ella, en presencia de otros adultos. Me refiero a los casos en que, de tratarse del padre, tras una separación de los padres, por ejemplo, existe el “punto de encuentro”, donde bajo supervisión de los servicios sociales, psicólogos del ayuntamiento, etc., se posibilita la asistencia periódica del progenitor abusador o maltratador, siempre que el menor lo quiera, y siempre en presencia de otro adulto.

Es evidente que, en caso de comprobarse el abuso, o de que el menor manifieste que lo ha sufrido, se puede producir una ruptura familiar. La madre puede quedar sumida en una depresión traumática: toda su vida, su elección de vida, está cuestionada. Algunas madres niegan el hecho, no dan crédito al testimonio de su hija, o le restan importancia. Esto constituye una segunda agresión para el menor.

El tratamiento del abusador: padre, abuelo u otro familiar, está todavía seriamente cuestionado. Son personas difícilmente recuperables. Su estructura de personalidad es “perversa”, en el sentido freudiano: conocen la ley, conocen el bien y el mal, pero su placer está fuera del límite. Por lo tanto, van a reincidir con facilidad.

Lo que me importa en este caso es el abordaje, la toma de contacto con el menor. Existe abundante literatura (sistémica, psicoanalítica y cognitivo-conductual) de cómo seguir el tratamiento una vez descubierto el problema: se trata en todos los casos de des-culpabilizar al niño por lo que ha ocurrido –en este sentido la asociación ASPASI realiza una labor valiente, lúcida y ejemplar. Los niños no han hecho nada mal. Es el adulto el que sí ha hecho algo muy mal.

Es difícil de descubrir, en muchos casos sigue quedando oculto el abuso sexual en la infancia. Lo sabemos después, por testimonios de personas adultas que consultan al psicólogo por problemas actuales y entonces hablan de los abusos que sufrieron en su infancia. La madre, lamentablemente, ha sido cómplice muchas veces. Otras simplemente ha permanecido en la ignorancia. Es muy difícil admitir que una persona que tiene un comportamiento normal en todos los demás ámbitos de la convivencia, sea capaz de cometer actos tan horrendos contra la libertad y la integridad de una niña o de un niño.

Esta dificultad es la que puede llevar a los mismos profesionales a tardar demasiado en darse cuenta del problema que tienen delante. El testimonio de la niña o el niño puede abrir esa puerta. O que la madre colabore hasta el punto de buscar esa evidencia y encontrarla. En todo caso, se trata de movilizarnos todas las personas que podamos tener algún tipo de influencia y de conocimiento, para que el abuso sexual en la infancia se haga visible.

Mientras tanto, la niña, el niño, permanecen en su soledad, en un pacto de silencio que es un pacto de amor hacia el adulto abusador, un pacto de entrega total.

Mayo 2012
S.B.P.

5 Comentarios

  1. Es el primer articulo que encuentro que hable desde el psicoanálisis del tema del mutismo selectivo específicamente, muy buen aporte. Saludos y muchas gracias por compartirlo.

  2. Me encanto tu artículo, tengo un caso muy similar tanto que parece que estuviera leyendo mis propias anotaciones, me gustaría poder compartir mi experiencia contigo.
    Gracias por tu experiencia.

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