Depresión ansiedad y autoestima 1, con falta de ella, una persona preguntaba si ante este tipo de problemas, era conveniente acudir a un psicólogo o a un psiquiatra.
En general, la respuesta sería que si usted quiere hablar de sus problemas y ansiedades, mejor un psicólogo o un psicoanalista. Si prefiere no hablar, o no puede hablar, por el motivo que sea, mejor un psiquiatra.
Los psicoanalistas y los psicólogos clínicos, en principio, tratamos de profundizar en el arte de la “curación por la palabra”. Y no se trata de sugestión o “magia” desde luego, sino en una conversación donde acompañamos a la persona que nos consulta a desplegar su historia, su experiencia de vida, y analizar con ella las posibles causas de su malestar.
Estas causas siempre están en el entorno de las relaciones personales.
Es la forma de relación la que produce un conflicto que puede estar más o menos latente y estalla en un momento dado, ante algún hecho desencadenante.
Emocionarse es sentir en relación a otro. Presente o ausente, presente o pasado en el tiempo o el espacio.
Todorov (“La vida en común”), critica que Freud sitúe el narcisismo primario como la primera emoción: el amor a sí mismo. Pienso que no es incompatible: el amor hacia la madre, es parte de ese amor a uno mismo (Por eso algunos hombres no pueden separarse de su mujer, prefieren aniquilarla…)
Creo que Todorov hace algunas reflexiones muy acertadas: El hombre y la mujer son incompletos, heridos de incompletud, y por eso necesitan a los otros.
Pero el ser humano es muy complejo, tiene facetas, diferentes núcleos que actúan independientemente. Y que, en ocasiones, entran en conflicto: ahí tenemos las crisis de ansiedad, de pánico, la depresión, los síntomas.
La conciencia de la muerte puede resultar traumática. La conciencia de la propia inconsciencia, de los límites, de los propios fallos, del error, de la impotencia, de la finitud.
El pánico es total. Sólo la experiencia del amor, de haber sido amado, puede calmarlo. Y dar un sentido a la existencia.
En esa hora donde la luz se ve vencida por la oscuridad. En esa hora precisa donde las sombras caen sobre uno y lo envuelven, la incertidumbre es total. La culpa y la debilidad se adueñan de la conciencia. El sentido queda herido de sinsentido.
Aquellos que trabajamos con personas, que escuchamos los sufrimientos del alma, conocemos bien esos momentos.
Estoy leyendo el primer capítulo de Todorov: “Una Mirada sobre la Historia del Pensamiento”. Y aplaudo su búsqueda motivada y concienzuda. Los filósofos han situado la soledad y el egoísmo como origen del hombre. Sólo Rousseau se despierta de esa imagen mezquina para concebir al hombre nacido en sociedad. Ciertamente: los filósofos eran hombres, si una mujer lo hubiera escrito, habría hablado antes del nacimiento del niño en el seno de la comunicación con la madre. Pero los clínicos –como Freud- encuentran los abismos en los que cae el sujeto que ha de atravesar el abrazo materno para crecer.
Soledad y compañía no son incompatibles, son elementos de una dualidad: separación y retorno. Encuentro y pérdida y encuentro. Abrazo y caída. Madre y Padre. Prohibición y Aliento…
Por eso “los clínicos” hablan de las diferentes partes del sujeto: Yo, Ello, Superyo (Imaginario, Real, Simbólico). Intentan explicar la división interna que todos tenemos. Las diferentes tendencias que nos empujan cada una en una dirección, cuando estalla el conflicto interno.
Ahí aparecen los síntomas: depresión, fobias, obsesiones, crisis de pánico. Testigos de una crisis, de una lucha en la que el sujeto se siente perdido.
Y sin embargo está ahí la posibilidad de encontrarse. De encontrar lo que en su historia ha quedado pendiente de una nueva respuesta. Un sentido nuevo, más auténtico, más personal. No sometido a los mandatos externos de una educación o una convivencia forzada.
Por eso es importante poder hablar. En el espacio abierto de una consulta, en una terapia. Todo lo que el psicólogo clínico o el psicoanalista dice está encaminado a que aparezca la verdadera historia de esa persona. Su punto de vista, su verdad. Las palabras y los silencios del clínico deben tener esa única función: que aparezca la palabra verdadera de la persona que ha venido a buscar ayuda.
Hoy leo en el calendario de mesa una frase muy “inspiradora”:
“¿Cuál es el primer deber del hombre? La respuesta es muy breve: ser uno mismo.”
Henrik J. Ibsen
Y claro, es un deber porque no es tan fácil. Porque ser uno mismo, una misma, requiere un ejercicio de honestidad constante, y de toma de decisiones: cuándo el “ser uno mismo” se convierte en el egoísmo más feroz. Cuándo el amor se convierte en sometimiento y renuncia a la propia realización…
Por citar un par de abismos. Hay otros.

Sara Blasco
1 de Noviembre 2014

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos requeridos están marcados *

Publicar comentario