La Ansiedad Aguda y la Ansiedad Crónica

febrero 4

Hay personas que conviven con la ansiedad durante años.
Esto es lo que llamamos “Ansiedad Crónica”, es decir que se ha instalado casi como una característica más de la personalidad. Puede haber periodos de mejoría o de alivio relativo de los síntomas, pero siempre desembocan de nuevo en otro periodo de recaída o de agravamiento.
Ante esta situación lo primero es preguntar cómo ha empezado la ansiedad.
Podemos encontrar dos tipos de causas: una causa antigua y una causa reciente o desencadenante.
La causa antigua puede ser la más grave y situarse en la infancia de la persona. Decimos que es “estructural” cuando se ha configurado en la forma de las relaciones familiares que han acompañado a la persona durante un periodo importante de su infancia y después determinan una forma de relacionarse que la va a poner en una posición de dificultad.
¿Por qué la infancia es tan importante?
Porque durante la infancia nos configuramos. Una parte considerable es genética, de eso no cabe duda. Pero la genética propone un abanico de posibilidades, y las circunstancias se encargarán de que desarrollemos unas más que otras.
¿Y qué circunstancias nos van a determinar sobre todo?: las circunstancias emocionales. Es decir, las personas con las que venimos al mundo. Ni más ni menos.
Hay experimentos que comprueban que el desarrollo cerebral de un bebé está directamente relacionado con que su “cuidadora”, madre, padre, abuela… persona a su cargo, lo coja en brazos, lo mime, lo llame por su nombre, le haga arrumacos. En fin, intercambio emocional puro, ¿no?
Es un dato más. En la Psicoterapia, la persona que viene a consultar, hablará de los recuerdos que la ayuden a entender las claves de su historia. Que nos ayuden a entender.
La segunda causa es la determinante inmediata o desencadenante, cercana en el tiempo. Algo que ha ocurrido, que tal vez no tenía tanta importancia, pero que a esta persona, en este momento, la ha desbordado. La gota famosa… que desborda el vaso.
Por ejemplo, supongamos una chica que lleva años con ansiedad.
Investigando un poco, descubrimos que en su familia de origen había algunos conflictos. No hace falta que sean muy graves. Por ejemplo, el padre pensaba que “las chicas no sirven para trabajar”. Y resulta que tuvo cuatro hijas, ningún varón.
¿Qué lugar tenía en su familia la persona que ha venido a terapia? ¿Intentó ocupar el lugar del varón que el padre deseaba y que no pudo tener? ¿Aceptó o se rebeló ante el comentario del padre?
En el momento presente la chica puede tener una vida aparentemente perfecta: tiene un trabajo, vive con su pareja… Pero hay otro dato: en su trabajo tiene problemas, el Encargado no valora sus esfuerzos, siempre le pide que se quede hasta más tarde, fuera de su horario.
Ella se queda, pero no obtiene ningún reconocimiento, ni económico (Buena excusa la de la “crisis”) ni siquiera verbal, que ella agradecería. En cambio el ambiente laboral está plagado de comentarios machistas…
(Este ejemplo es inventado, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia)

Tenemos las dos causas: la de la infancia o estructural y la actual o desencadenante.
En mi caso suelo trabajar con las dos a la vez. La que aparece primero es la actual, que también es importante. Es la que preocupa a la persona. De hecho, muy pronto podemos relacionar los síntomas de la ansiedad con las situaciones vividas.
Enseguida aclaro a mis pacientes que los síntomas tienen sentido.
No se trata de “respuestas irracionales” o manifestaciones arbitrarias del cerebro primitivo. Al menos esa es mi opinión, que compruebo a diario en la práctica. Es algo que ayuda mucho, entender qué sentido pueden tener esas señales que se manifiestan en el cuerpo y en la mente y que tanta angustia producen.
Ya en otros artículos expliqué que los síntomas son una señal, una especie de aviso que nos envía nuestra mente (consciente o casi siempre inconsciente). Y hay que escuchar las señales. La ansiedad se puede presentar con síntomas físicos directamente: aceleración del ritmo cardíaco, sudoración, mareo, etc. En ocasiones hay una somatización: no poder andar, no poder coger objetos, no poder tragar los alimentos. Se trata de “conversiones somáticas” que implican una simbolización: “No puedo dar un paso más”…etc. (Ya se trata de una Psiconeurosis, prometo entrar en el tema más adelante)
En su fase aguda se presenta el ataque de pánico. En su fase crónica, se trata de una activación excesiva casi permanente: afecta al sueño con periodos de insomnio, al apetito con alternancias de anorexia y bulimia, y al estado de ánimo en general. La ansiedad se diferencia de la fobia en que no tiene un elemento claro que la desencadene, aunque los síntomas sean los mismos.
En la fobia se pueden evitar las situaciones que provocan el malestar. En cambio en la ansiedad no hay una conciencia clara de por qué se produce, por tanto es más difícil de evitar. En términos más especializados, podemos decir que la ansiedad es una respuesta más primitiva, más directa entre la emoción y su expresión somática, en el cuerpo. En la fobia hay una elaboración mayor por parte del psiquismo, es un síntoma más psicológico, y no puramente somático.
En busca de la armonía psico-emocional
La armonía emocional y racional se consigue por caminos particulares. Y es que los seres humanos somos muy parecidos en muchas cosas, ¡pero tan diferentes en casi todo!
Nos gustan los detalles, las diferencias en las cosas pequeñas. En realidad, suelo recordar siempre que cada persona SABE lo que le gusta. Sabe lo que le produce alegría, deseo, y también paz, armonía y tranquilidad. Lo que ocurre que a veces no lo dice, no lo verbaliza. Ni siquiere es consciente de ello, acostumbra a reprimirlo, a ignorarlo, a poner siempre el deseo de los demás por delante…Es un ejercicio muy recomendable : pensar y decir lo que tú quieres.
Termino con un comentario de un buen amigo que trabaja como taxista. Es conocido por todos que esta profesión es una de las que están acusando gravemente la crisis económica. Así, mi amigo se ve obligado a trabajar algunas horas más de las que debería. Pero él es consciente de la factura que le está pasando este sobre- esfuerzo:
Fíjate que cuando llego a casa, no soporto que mis hijos jueguen o empiecen a chillar…me pongo de mal humor enseguida. Yo lo noto, es el cansancio. Cuando he descansado un día, me tomo las cosas con más tranquilidad, incluso me hace gracia y me río con ellos.
Quizás para encontrar la armonía, en algunos casos, primero haya que cambiar esta sociedad…
Sara Blasco
4 de Febrero 2015

Discusiones de Pareja

enero 12

¿Se puede amar lo que no se entiende?

El otro día pesqué en la televisión una película antigua: “CAPRI”, con una espléndida Sofía Loren y un maduro Clark Gable, que tienen un encuentro inverosímil en el sur de Italia, hacia los años 50. Media la labor de un niño casi abandonado a sus ocho años por la inconsciente Sofía. La película refleja bien el contraste entre las dos culturas, entre la pobreza orgullosa de los italianos y el bienestar prepotente de los norteamericanos. La miseria italiana está idealizada a base de vitalismo e ingenuidad pero vista desde ahora, presenta una idea certera de los mundos que entran en juego. La cosa es que al final el americano: Clark Gable, decide quedarse en ese mundo rodeado de “amor”, y exclama muy gracioso: “¡Io sono italiano!”(¡Yo soy italiano!), ante un grupo de compatriotas que se burlan del carácter de los nativos.

La pregunta que surge es ésta: ¿Se puede amar lo que no se entiende?
En las discusiones de pareja, adueñan de la vida cotidiana, hay una incomprensión dimensional del uno hacia el otro. Cada uno se carga de sus propias “razones” y no entiende las del otro.
Todo es incomprensión, decepción y soledad. Cuando la repetición se hace insistente y han pasado los años de la misma manera, el consejo más honesto es terminar la relación.
Muchas personas se resisten a este final. Hay muchas razones para esta resistencia. Desde el cariño sincero hacia la otra persona, hasta el pánico a destruir un modo de vida establecido firmemente. La economía es un motivo para el miedo. Una pareja es un sistema económico rentable, y más aún si hay hijos, si uno de los dos no trabaja… También la red de relaciones que la pareja ha podido establecer, las familias implicadas, las madres, los cuñados, etc. El sentimiento de culpabilidad por causar un daño a todas estas personas que “ni se lo imaginan”, que piensan que “somos la pareja ideal”.
El miedo al escándalo y al rechazo social. A empezar de nuevo, en el vacío de la incertidumbre.
Pero cuando la certidumbre son las continuas discusiones, las faltas de respeto, la ira y la agresividad (aunque sea “sólo” verbal), la denigración y la falta de ilusiones. A quién estamos traicionando.
Otro encuentro interesante: en España han aumentado los divorcios un 14% este año. El comentarista del periódico reflexiona con buena intuición que no sólo se debe al aumento del estrés por la crisis económica. También al cambio en el modelo de relación.
Estos cambios están en movimiento y ese movimiento es imparable, es una transformación social, más allá de nuestras pequeñas vidas.
La crisis económica es un elemento ambivalente: puede servir tanto para justificar la continuidad de las parejas, como su ruptura. Por lo tanto, todavía no podemos analizar con objetividad la intervención real de este factor.
En cambio las transformaciones de la relación de pareja es de lo que las personas hablan, es de lo que se quejan, es para lo que nos faltan modelos, ejemplos, experiencia de cómo se puede llevar a cabo.
Un tercer encuentro: la escalofriante noticia de una mujer que ha abandonado a tres hijos de corta edad, de tres años, año y medio y veinte días de vida. La mujer desapareció de casa una noche, y ya no volvió. La policía consiguió encontrarla en un parque, varios días después. Los vecinos ayudaron a salvar a los niños, llamando oportunamente al teléfono de emergencias. La juez ha decretado prisión incondicional y los niños han sido acogidos por los Servicios Sociales.
Lo que me sorprende es que ningún medio de comunicación –hasta donde he podido enterarme- nombra para nada al padre. La madre es la única responsable de lo sucedido, y de su monstruoso comportamiento. El padre no aparece por ninguna parte. Ni algún otro familiar: abuelos, tíos, primos… Es fantasmal la soledad de esta mujer.
Las leyes civiles y religiosas que antes enmarcaban con firmeza los límites y condiciones de la vida familiar, casi han desaparecido.
Esto supone una humanidad más madura: el libre albedrío es una realidad, cada cual puede y debe mirarse de frente, con su conciencia y sus deseos. Esto conlleva en ocasiones, que el hombre –algunos hombres- se desentiendan de la relación, huyan de un compromiso con una mujer, y sobre todo se escaqueen de las labores de paternidad. ¿Esto es nuevo? No, es viejo como el Mare Nostrum. Lo que está cambiando es la tolerancia de muchas mujeres y algunos hombres, ante esa ausencia.
Las mujeres están haciendo una revolución silenciosa, ¡a veces ruidosa!, con delicadeza y a gritos, para decir que quieren una situación más igualitaria, más compañerismo, más amistad, más empatía, entre hombres y mujeres.
Sé que estoy rozando por encima un tema tremendamente complejo y profundo. Me contengo de muchas cosas que podría contar, por no entrar en detalles particulares. Pero una cosa que me ocurrió el otro día con un amigo sí la puedo contar: cada vez que venía a mi casa, de visita, y necesitaba entrar al cuarto de baño, se dejaba la tapa y entre-tapa del wáter abierta. Mi costumbre es dejar las dos bajadas. He tardado más de un año en poder decírselo. Y la forma me ha costado un esfuerzo, un sentimiento de violencia interna, de no querer hacerle daño. De temer que a partir de ese comentario, la amistad ya no volviera a ser la misma.
Mi opinión es que él dejaba la huella visible de que “por allí había pasado un hombre”. Pero le costó entenderlo, ¿Y qué más da?… Pero si te la encuentras de una forma, déjala de la misma forma, no?
El caso es que reprodujimos en unos minutos, los tiras y aflojas típicos de muchas parejas. La mayor capacidad de empatía de las mujeres –en general demasiada- , y la escasa capacidad de los hombres –en general-. “Pues es verdad, qué más me da” pensaba yo. Y él seguía argumentando que no tenía importancia ese detalle.
Es una anécdota pequeña, incluso jocosa. Pero en esos detalles es donde podemos percibir la diferencia de mundos, de sensibilidades, de puntos de vista.
Empezamos un Nuevo Año y no lo dudéis, seguro que traerá cosas nuevas a todos y a todas, ¡Brindo por eso!

Sara Blasco
Enero 2015

Terapia de la Depresión, las Obsesiones, la Ansiedad…

noviembre 17

¿Qué es un ser humano? ¿Cuál es la base de la existencia, el motor primero de la vida humana?

Si pensamos en la Depresión, vemos la expresión de lo que no es, de lo falta. Vemos que en las personas con depresión, lo que falta es el deseo.
Y lo que permite a una persona salir de su estado depresivo es conectarse con sus deseos personales. Empezar a decir, a expresar, a realizar, pequeños deseos que empiezan a despertar en su interior: salir con un amigo, dar un paseo con su marido…
Hay una necesidad de los otros. Que es algo más que la necesidad de “reconocimiento” por parte de los otros.
Hay un eje que nos interroga:
Completud- Incompletud
Nos preguntamos si el deseo es la base de la existencia humana, esa primera piedra. O el miedo es la base y el deseo es la consecuencia…
En el nivel práctico, lo insoslayable y básico de una Terapia, es conectar al paciente con lo que es y en lo que es. Y ahí algo básico es el deseo: “Tú qué quieres”.
Lo que quiero es diferente de lo que debo, lo que necesito, lo que los otros quieren, lo que los otros esperan de mí.
El punto de partida del deseo como base y piedra angular del sujeto, es la aceptación de que es un ser incompleto. Lo que le completa está fuera de él o ella. Pero esta pulsión de completarse, de desear lo que está fuera de uno mismo, es por definición inagotable. Cuando se consigue una cosa deseada, siempre surge otro deseo.
Es una búsqueda, un camino, que parece que no te va a completar nunca. Una vez conseguido el deseo, surge otro deseo.
Por debajo está ese miedo, ese abismo donde yo me busco a mí, a través de la búsqueda del objeto, de las cosas o las personas deseadas.
Podemos pensar que hay un camino de ida y un camino de vuelta. En esa “expulsión del Paraíso”, (donde todo estaba en mí no necesitaba nada más, en esa unión primitiva, en la infancia, con la madre…)
Si deseo es porque he perdido esa sensación de ser-completo. Algo me falta, y es lo que deseo. Ese camino me conduce a crecer, a aprender, a identificarme con los que me rodean, a buscar su amor, su reconocimiento, su comprensión.
En ese camino, hay que buscar el deseo personal. Si el deseo ha sido falseado por los deseos de los demás, voy a equivocar mi camino.
Esto lo vemos en muchas personas, que no han estudiado lo que querían sino lo que sus padres veían más conveniente. O que no se han relacionado con las personas elegidas, sino con otras personas impuestas por los demás, por el miedo, los prejuicios, las “conveniencias”.
Muchas situaciones de depresión, ansiedad y obsesiones son provocadas por esto: haber perdido de vista lo que la persona realmente desea. O haberlo perdido en un momento del camino por un mal jefe que de pronto nos hace la vida imposible. O un compañero del trabajo que no reconoce nuestra labor y que intenta hacernos de menos, criticar, rechazar…
O también, porque hemos elegido como pareja a una persona que se parece mucho a un padre o una madre. Y como ellos, va a repetir la forma en que nos trata, la forma en que nos mira y nos valora. En este caso, estamos repitiendo una situación.
La repetición siempre es para intentar superar un conflicto. Pero si no conseguimos superarlo, podemos quedarnos durante años sufriendo por esa repetición.
La sexualidad es la forma en que nos encontramos en el momento más íntimo de nuestro ser con el ser de otra persona que se supone que nos reconoce como somos. Pero si esta visión está distorsionada, ya no nos sentimos reconocidos. Entonces surgen las distancias, la falta de deseo. Y los síntomas: la angustia, las obsesiones…
“El síntoma es la sexualidad del neurótico” decía Freud. En este sentido, si la comunicación no fluye, la mirada del otro no nos reconoce, el síntoma va a ser la expresión de toda esa energía que no encuentra su cauce.
Reconocerse en los propios deseos es una parte fundamental del camino de crecimiento y de independencia de los progenitores, del padre y la madre.
En este camino de independencia nos encontramos como “neuróticos”, incompletos, carentes.
En este sentido, hemos sido expulsados del Paraíso. “Nacemos en pecado”, por querer saber, por querer morder la manzana del árbol prohibido, la fruta del conocimiento, para ser como Dios. Caemos entonces en la conciencia del Bien y del Mal. Será necesaria una Ética para la convivencia.
Me plantea mi colega en los encuentros de los viernes, Iñaki Mediavilla, la posibilidad de iluminar este enredo con una visión orientalista: “No quieras ser, eres”
Eres lo que piensas, lo que sientes, lo que deseas.
Ahora, sé consciente de eso que piensas, sientes, deseas…
No se trata de reprimir o censurar lo que eres. De lo que se trata es de que tomes contacto. No tanto con lo que deseas, sino con el ser deseante que eres. En este sentido eres un ser completo. Pero eso lo tienes que descubrir, y tienes que descubrirlo fuera de ti. Acabarás descubriendo que todo aquello que buscas está en ti.
Hacer ese proceso de toma de conciencia es el recorrido de la terapia. “De dónde vengo”, qué imagen de “hombre” tengo, de “mujer”, qué imagen de padre, de madre. A través de la historia que he vivido. Aprender a ver que si me peleo con ellos, estoy en el mismo eje, quiero “hacer lo contrario”, pero todavía no sé qué es lo que “yo” quiero hacer.
En ese viaje es en el que uno se pregunta: “Quién soy yo”.
Si entendemos la terapia como un camino, hasta dónde quieres llegar. Es ahí donde “los orientalistas” y también el Psicoanálisis dicen que llegas a un estado de “supra-conciencia”. Que es un proceso de des-identificación:
Yo no soy: lo que mi padre quería que fuera. Lo que mi madre proyectaba para su hijo/hija.
Pero no para destruir el “yo”, sino a través del “yo”. ¿Y qué pasa cuando te acabas de des-identificar? Te quedas frente al misterio: el propio camino de liberación te hace ser posible al ser consciente: Llega a ser quien realmente eres.
Y no se trata de una afirmación inicial: “Yo soy así, y tú te aguantas”. Por ejemplo, si soy agresivo, “es que soy así”.
Se trata de un proceso de aprender a desear.
Aprender a diferenciar el deseo de los otros: padre, madre, o sistema social: “desea el coche más grande…” Ese sería un deseo perverso, donde deseo lo que no soy.
En el deseo sano, deseo lo que soy.
Ya estoy haciendo el camino de vuelta al Paraíso: Deseo ser lo que soy. Atravesado por una ética. Donde los demás también existen, no existo sólo “Yo”. Y por lo tanto también me dirijo al otro que me encuentro, que me acompaña: quiero que seas como eres. No quiero que seas un instrumento de la satisfacción de mi deseo. Puedo amar con el verdadero amor, quiero el bien del otro. Te quiero como eres.
Esto es un resumen, en la terapia estas frases deben cobrar vida y llenarse con las palabras y los recuerdos y los deseos concretos de la persona que viene a consultar, a pedir ayuda para (re)encontrarse consigo mismo.

Sara Blasco
Lunes 17 de Noviembre 2014

Depresión, Ansiedad y Autoestima

noviembre 1

Depresión ansiedad y autoestima 1, con falta de ella, una persona preguntaba si ante este tipo de problemas, era conveniente acudir a un psicólogo o a un psiquiatra.
En general, la respuesta sería que si usted quiere hablar de sus problemas y ansiedades, mejor un psicólogo o un psicoanalista. Si prefiere no hablar, o no puede hablar, por el motivo que sea, mejor un psiquiatra.
Los psicoanalistas y los psicólogos clínicos, en principio, tratamos de profundizar en el arte de la “curación por la palabra”. Y no se trata de sugestión o “magia” desde luego, sino en una conversación donde acompañamos a la persona que nos consulta a desplegar su historia, su experiencia de vida, y analizar con ella las posibles causas de su malestar.
Estas causas siempre están en el entorno de las relaciones personales.
Es la forma de relación la que produce un conflicto que puede estar más o menos latente y estalla en un momento dado, ante algún hecho desencadenante.
Emocionarse es sentir en relación a otro. Presente o ausente, presente o pasado en el tiempo o el espacio.
Todorov (“La vida en común”), critica que Freud sitúe el narcisismo primario como la primera emoción: el amor a sí mismo. Pienso que no es incompatible: el amor hacia la madre, es parte de ese amor a uno mismo (Por eso algunos hombres no pueden separarse de su mujer, prefieren aniquilarla…)
Creo que Todorov hace algunas reflexiones muy acertadas: El hombre y la mujer son incompletos, heridos de incompletud, y por eso necesitan a los otros.
Pero el ser humano es muy complejo, tiene facetas, diferentes núcleos que actúan independientemente. Y que, en ocasiones, entran en conflicto: ahí tenemos las crisis de ansiedad, de pánico, la depresión, los síntomas.
La conciencia de la muerte puede resultar traumática. La conciencia de la propia inconsciencia, de los límites, de los propios fallos, del error, de la impotencia, de la finitud.
El pánico es total. Sólo la experiencia del amor, de haber sido amado, puede calmarlo. Y dar un sentido a la existencia.
En esa hora donde la luz se ve vencida por la oscuridad. En esa hora precisa donde las sombras caen sobre uno y lo envuelven, la incertidumbre es total. La culpa y la debilidad se adueñan de la conciencia. El sentido queda herido de sinsentido.
Aquellos que trabajamos con personas, que escuchamos los sufrimientos del alma, conocemos bien esos momentos.
Estoy leyendo el primer capítulo de Todorov: “Una Mirada sobre la Historia del Pensamiento”. Y aplaudo su búsqueda motivada y concienzuda. Los filósofos han situado la soledad y el egoísmo como origen del hombre. Sólo Rousseau se despierta de esa imagen mezquina para concebir al hombre nacido en sociedad. Ciertamente: los filósofos eran hombres, si una mujer lo hubiera escrito, habría hablado antes del nacimiento del niño en el seno de la comunicación con la madre. Pero los clínicos –como Freud- encuentran los abismos en los que cae el sujeto que ha de atravesar el abrazo materno para crecer.
Soledad y compañía no son incompatibles, son elementos de una dualidad: separación y retorno. Encuentro y pérdida y encuentro. Abrazo y caída. Madre y Padre. Prohibición y Aliento…
Por eso “los clínicos” hablan de las diferentes partes del sujeto: Yo, Ello, Superyo (Imaginario, Real, Simbólico). Intentan explicar la división interna que todos tenemos. Las diferentes tendencias que nos empujan cada una en una dirección, cuando estalla el conflicto interno.
Ahí aparecen los síntomas: depresión, fobias, obsesiones, crisis de pánico. Testigos de una crisis, de una lucha en la que el sujeto se siente perdido.
Y sin embargo está ahí la posibilidad de encontrarse. De encontrar lo que en su historia ha quedado pendiente de una nueva respuesta. Un sentido nuevo, más auténtico, más personal. No sometido a los mandatos externos de una educación o una convivencia forzada.
Por eso es importante poder hablar. En el espacio abierto de una consulta, en una terapia. Todo lo que el psicólogo clínico o el psicoanalista dice está encaminado a que aparezca la verdadera historia de esa persona. Su punto de vista, su verdad. Las palabras y los silencios del clínico deben tener esa única función: que aparezca la palabra verdadera de la persona que ha venido a buscar ayuda.
Hoy leo en el calendario de mesa una frase muy “inspiradora”:
“¿Cuál es el primer deber del hombre? La respuesta es muy breve: ser uno mismo.”
Henrik J. Ibsen
Y claro, es un deber porque no es tan fácil. Porque ser uno mismo, una misma, requiere un ejercicio de honestidad constante, y de toma de decisiones: cuándo el “ser uno mismo” se convierte en el egoísmo más feroz. Cuándo el amor se convierte en sometimiento y renuncia a la propia realización…
Por citar un par de abismos. Hay otros.

Sara Blasco
1 de Noviembre 2014

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